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Unamuno viajó a Las Hurdes en 1.913…antes que Alfonso XIII…antes que Luis Buñuel…dejando honda huella en una región desconocida.

En Las Hurdes muchos han visto la utopía viviente dentro de un país civilizado. Un pequeño reducto del pasado en el que no existía progreso, incipiente estado del bienestar o novedosa sociedad de la información, pero sí naturaleza, tranquilidad, esfuerzo y trabajo. Esta fue la visión que Miguel de Unamuno se trajo de su viaje a Las Hurdes y así fue como la retrató en las numerosas letras que pudo componer después de la aventura.

En 1913 Don Miguel de Unamuno era rector de la Universidad de Salamanca y delegado del gobierno en cuestión de educación en las provincias de Salamanca, Cáceres, Ávila y Zamora. Esta vocación y su interés por las reformas agrarias, hicieron que quisiera visitar esa tierra dejada de la mano de Dios, de la que tanto y tan mal se hablaba: Las Hurdes.

Tuvo la oportunidad de realizar su particular éxodo gracias a su amigo Maurice Legendre en el verano de 1913. Unamuno y Legendre, no realizan el viaje solos. Iban acompañados del profesor y filósofo Jacques Chevalier, amigo de ambos, y del “tío Ignacio” (Ignacio Pérez), el guía, vecino de La Alberca que ya había acompañado anteriormente a Legendre en otro recorrido por la comarca extremeña.

Gracias a los reportajes que publicó Martin Legendre en Correspondance, conocemos minuciosos detalles de su aventura, como que la hicieron a pie, acompañados de dos mulas, con algo de comida y un fusil por si les atacaba algún animal. Pero sin duda alguna, el testimonio que mejor nos expresa lo que nuestro querido escritor sentía alejado del mundanal ruido, inmerso en la magia que destila la comarca y sensibilizado hacia todo aquello que sus ojos le iban descubriendo, es el cuaderno de viaje que llevaba consigo. Todavía se conserva en la Casa-Museo de Unamuno en Salamanca. Gracias a esas hojas, el viajero pudo redactar más tarde los artículos que publicó para El Liberal y los que aparecen en su obra Andanzas y visiones españolas.

Tras estas breves pinceladas, nos centraremos en la apasionante experiencia que vivieron nuestros viajeros intentando retratar a aquellos hurdanos que osaban desafiar el progreso en una región donde la vida era una lucha constante, un pulso entre la supervivencia o la caída de todo aquello que edificaron con sus propias manos, fruto de su trabajo y del deseo de ser libres.

Unamuno entra con sus compañeros en Extremadura a través de Aldeanueva del Camino. Desde allí, por Abadía y Granadilla, llegan a Casar de Palomero, el punto inicial de un viaje en el que nuestro protagonista descubriría una tierra desconocida por el agitado ritmo del mundo urbano. Llegando a Casar de Palomero, cuando aún no han entrado todavía en Las Hurdes, Unamuno ya admira la belleza de sus íntimos paisajes, acordándose, como reflejaría más tarde en sus textos, de “esas tierras extremeñas, las que cantó como una alondra Gabriel y Galán”.

Después del largo recorrido y de lo que le costó llegar hasta Casar de Palomero, su gran regalo fue beber tragos de agua de auténtica sierra, límpida y maravillosa. En buena parte de su testimonio, encontraremos grandes elogios por parte de nuestro aventurero a las aguas de Las Hurdes, un bien preciado del que no se disfruta todos los días.

“Buen pueblo el de El Casar, atractivo para quien ama el retiro y el retiro de la paz”. Al llegar al pueblo, Unamuno se mezcla con sus gentes y le parece curioso que el municipio tenga dos médicos, una cosa tan simple, pero a la vez compleja, ya que es una fuente de tensiones y de partidos en su pequeño universo independiente. Además, entabla amistad con Feliciano Abad, el maestro del pueblo, quien le dibujará más tarde en Pinofranqueado, un croquis de Las Hurdes, que aún se conserva en la Casa-Museo de Unamuno en Salamanca.

Él mismo les acompañaría la mañana siguiente para la partida, después de pasar una noche “de perros”, según explica el mismo Unamuno.
“Retiro de paz y remanso de sosiego he llamado al Casar, y así es. Pero sería más si los perros le dejaran a uno dormir de noche. Toda la noche fue una lamentable sinfonía – es un decir también – de ladridos”.

Pero la calma y el sosiego pronto volvieron a ser inseparables para nuestro viajero, y tal y como él mismo decía, se alegraba de poder estar unos días a solas consigo mismo y con la tierra pura en la que vivimos: “¡Adiós el mundo de los periódicos y de la política! Por unos días no habríamos de saber nada de él”.

Hasta Pinofranqueado les acompañó el profesor Feliciano Abad, donde además del croquis de Las Hurdes, les entregó una carta para el secretario del pueblo, Juan Pérez Martín, entusiasta hurdanófilo, al que encontraron de camino a Las Erías, donde debían dormir aquella noche. Unamuno recuerda en sus textos que no hubieron de tocar las provisiones de comida que llevaban consigo, a pesar de las advertencias de que allí no había nada y de que los hurdanos eran unos salvajes. Según recuerda Unamuno, “en efecto, la gente, aunque sea mal – no tan mal como dice la leyenda -, come, y quién allá va, puede comer también”.

Y con respecto a lo de salvajes…“ Había que entrar de una vez en esa región que alguien ha dicho es la vergüenza de España, y que Legendre dice, y no sin buena parte de razón, que es, en un cierto sentido, el honor de España. Porque, ¡Hay que ver lo heroicamente que han trabajado aquellos pobres hurdanos para arrancar un misérrimo sustento a una tierra ingrata!”.

De Don Juan Pérez Martín, Unamuno siempre guardaría un grato recuerdo, prueba de ello es la numerosa correspondencia que de ellos se conserva. Él le informó acerca del gran trabajo que el obispo de Plasencia, Franciso Jarrín Moro, había hecho en Las Hurdes. Unamuno considera a Juan Pérez en sus escritos, como “el mejor informante de cuanto a Las Hurdes respecta”.

En las Erías, donde llegaron al anochecer, pasarían lo que Unamundo denominó como “su primera noche verdaderamente hurdana”. Se dedicó a hacer lo que la gente hacía allí: salir a tomar el fresco y contemplar el cielo, en un escenario de pequeñas callejuelas y corralillos enanos, como él mismo los denominó. “Unos grillos caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de los muros de aquellas casuchas miserables, cantaban la desolación de la barranca en que penan los hombres”.

Fue rodeado por niños, mozos y viejos, que le relataron la penuria de su vida en tierras tan hostiles. Relatos que Unamuno no echaría en saco roto y reivindicaría más tarde, como manifiestan sus textos: “Todo ese rudo combate con la naturaleza madrastra lo hacen solos, sin ayuda de bestias, llevando a cuestas las piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo, por senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de helecho para la cama. Rico, riquísimo el que posee un borrico entero en uno de los pueblos más pobres. Nos contaron que había veces en que al casar un padre a su hija le daba de dote la pata de un asno, o sea, el poder disponer de él cuatro días, alimentándolo entonces. Y el novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama nupcial, la del rejollijo”.

Mas él, durmió todas las noches en camas diferentes y limpias, en Las Erías, concretamente, en casa del maestro de la alquería, habilitado por la Diputación de Cáceres, a quien Unamuno consideraba un heroico ciudadano por la lucha que llevaba a cabo por aquellos parajes, tan dura y ardua como la de los propios hurdanos.

Tal y como describe Unamuno, el paisaje en Las Erías era desolador, con apenas cinco horas de sol en invierno, pero más desolador fue llegar a la siguiente alquería, Horcajo, patria de “enanos cretinos con bocio”. Según explica Unamuno, algunos decían que se debía a la falta de sol, pero parece ser que “ello se debe a la pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas, casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo sobre todo, que es el elemento que, por el tiroides, regula el crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro”.

En Horcajo, a Unamuno le sorprende la belleza de las flores, el gran culto que se da en Extremadura a las macetas plagadas de vivos colores, y a la cantidad de guapas mozas y preciosos niños sonrosados que observa, arrullados por sus madres y en contraposición con visiones de hombres curtidos y reventados por la tierra y mujerucas (como él las denomina) decrépitas por la prematura vejez que conlleva el trabajo en Las Hurdes.

Al abandonar Horcajo para visitar la barranca del río Fragosa, Unamuno encuentra según él, “los peores poblados: El Gasco, Fragosa y Martinlandrán”. “Al atravesar El Gasco, me asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y brillante como un lucero, de una niña, hacía resaltar la hórrida y sucia negrura de aquella zahurda”.

En Nuñomoral, una de las capitales de Las Hurdes junto con Pinofranqueado o Las Mestas, Unamuno observa una visión menos deplorable. Allí, disfrutó de la hospitalidad de Don Patricio Segur, “en una muy buena casa hasta para fuera de Las Hurdes”.

De Nuñomoral pasa a Casares, haciendo un pequeño alto en el camino en La Segur, una alquería donde según él, se asomó “a la vivienda de uno de los que me dijeron era uno de los ricos del pueblo, y aquella visión cortaba el respiro”.

En Casares, disfrutó de un buen refrigerio gracias a Don Santiago Pascual, además de un buen reposo y una siesta reparadora.

Desde Riomalo de Arriba a Las Mestas, observa lo menos doloroso de Las Hurdes. Al salir de Riomalo, “sus habitantes casi todos congregados para oírnos marchar. ¿Qué serán? ¿Los del camino? ¿Acaso algunos que vuelven de América? ”.

En El Ladrillar, Unamuno sigue escuchando, como a lo largo de todo su viaje, las quejas rasgadas de los hurdanos, hasta que uno de ellos dijo: “estoy harto de oír tanto repetir que era esta la peor tierra. Esto no es así, puesto que yo he recorrido mundo, habiendo estado en el Canal de Panamá, en Brasil, Martinica, Jamaica…y había visto muchas tierras peores que en la que ellos habitaban”. Unamuno le preguntó: “¿Pero esas tierras están habitadas?” y el mozo dijo: “no, señor, porque no las cultivan”. A lo que nuestro viajero le constestó: “esa es la diferencia, que allí no se empeñan en habitar y cultivar lo que no lo merece”. Y este fue el momento en el que Miguel De Unamuno se dio cuenta de por qué los hurdanos aunque salieran, siempre acababan por volver a su agreste tierra: “Esos heroicos hurdanos se apegan a su tierra; porque es “suya”. Es suya en propiedad; casi todos son propietarios. Cada cual tiene lo suyo. Y prefieren malvivir, penar, arrastrar una miserable existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya porque la tierra la han hecho ellos, es su tierra hija, una tierra de cultivo que han arrancado, entre sudores heroicos, a las garras de la madrasta naturaleza”.

Del Ladrillar, pasaron al Cabezo. Allí, Unamuno fue el único que durmió en una cama, pues sus compañeros durmieron al sereno y raso cielo de la noche, en el porche de la Iglesia.

Entre El Cabezo y Las Mestas, encontraron ciertos despojos humanos con unos pedazos de periódico al lado. En el mismo momento, Unamuno exclamó: “¡Y luego dirán que es un país salvaje!”.

Al pasar por Las Batuecas, tras admirar la variedad de hierbas de este paraje, Legendre le comenta que estos lares tienen su variedad proverbial en nuestra literatura. “Legendre me dijo que madame de Genlis escribió una novela, Les Battuecas, donde una batueca, que vive arcádicamente y en estado de naturaleza rousseanuniana en ese feliz valle del corazón de nuestra España, sale a correr mundo y a enterarse de su degeneración. Y Jorge Sand dice que esa novela, que siendo niño le leyeron, influyó en su vida toda”.

De Las Batuecas, Unamuno pasa a la Peña de Francia, donde acaba su periplo por tierras hurdanas, en unas jornadas de reflexión y de recogimiento.

De su paso por Las Hurdes, quedan letreros en numerosos pueblos que describen las letras que más tarde el escritor compuso para rememorar su fascinante viaje.

Fue honda la huella que dejó en unas tierras abandonadas y olvidadas, puesto que se contagió de sus problemas y de sus gentes y sus textos y los de Legendre propiciaron que años más tarde Alfonso XIII acudiera en visita oficial.

Los textos de Unamuno reflejan el amor que nació de aquel viaje, hacia unas personas que tan solo añoraban el vivir mejor, pero nunca, fuera de las tierras que habían levantado con tanto esfuerzo y trabajo.

Sus artículos sobre Las Hurdes fueron numerosos, tanto recientes a su viaje, como posteriores, volviendo a incidir en su desacuerdo sobre aquello de deshabitar Las Hurdes y obligar a los hurdanos a vivir en parajes que no eran los suyos.

Las amistades que se llevó de su viaje, las mantuvo, y prueba de ello es la correspondencia que tuvo con hurdanófilos de la región, como Juan Pérez Martín, o Francisco Martín.
Otro aspecto desconocido es que durante su viaje, Miguel de Unamuno compuso muchos de los versos que más tarde formarían lo que se considera una de sus obras más brillantes: El Cristo de Velázquez.

Fuentes:

Diario de Viaje de Unamuno. Casa-Museo de Unamuno, Salamanca.
Revista Alcántara.
Archivo de la Diputación de Cáceres (Agradecimiento especial, por su amabilidad y profesionalidad, Gracias).
Laureano Robles, Universidad de Salamanca.
Centro de Documentación de Las Hurdes

 

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