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La apertura de la VIII Semana del Misterio del complejo cultural Don Cecilio de Sevilla corrió a cargo de Jordi Fernández Cabrera, investigador y autor de obras como Los Enigmas de las Plantas o las Guías Secretas de Sevilla, junto a José Manuel García Bautista.

La conferencia, que llevaba por título: Los Enigmas de Mozart, la extraña muerte de un masón, versó sobre la figura y las sombras presentes en la biografía del compositor, uno de los más laureados de la historia. Jordi Fernández comenzó su intervención aludiendo a la importancia de Mozart y de su obra, una música que no solo embelesa a los oídos, pues parece que también reporta beneficios a la salud, sobre todo en los más pequeños. Es el conocido como Efecto Mozart.

Así mismo, Fernández Cabrera mostró sus reservas hacia la realidad que reflejan películas tan conocidas como Amadeus, donde en sus palabras, «muestran un Mozart irreconocible. Es mucho más que lo que quieren presentar. Es uno de los compositores más grandes de la historia». Y es que según el conferenciante, a su enemigo Salieri nadie le recordaba a los diez años de morir, sin embargo la celebridad de Mozart no tiene límites. Aunque para perfilar la vida del artista los estudiosos e investigadores tan solo poseen las cartas que escribió en vida, que suman unas trescientas. 

Johannes Chrysostomus Wolfgang Theophilus fue el nombre que se le concedió al genio desde su nacimiento. Wolfgang por su abuelo materno, que era profesor, y Theophilus por su padrino, aunque este último lo cambia por Gotilieb, la traducción al alemán. No será el único cambio en su nombre, pues más tarde termina por usar Amadeus, se intuye que por ser más pegadizo y como cuestión de marketing. Para Jordi Fernández, estos vaivenes por parte de unos y otros en una cuestión tan concreta como el nombre no son sino la muestra de una constante en la vida de Wolfgang Amadeus Mozart: personas que por un motivo u otro meten la nariz en sus asuntos para sacar algo de él.

Mozart demostró su genialidad desde muy pequeño. E incluso le realizaban pruebas para saber si realmente él componía sin ayuda de nadie sus melodías, pues algunas de sus partituras no están redactadas por su puño y letra, y la explicación es muy sencilla. «A los cuatro años sabía tocar el violín, la clave, componía… pero no sabía escribir. Por eso su padre transcribe sus composiciones en esta época. Y a los cinco años descubre las matemáticas. De hecho tuvo que elegir entre las matemáticas y la música. Era un niño prodigio», señala Fernández Cabrera.

Era hijo de Leopold Mozart y de Anna María Pertl y tenía una hermana que poseía sus mismas facultades: María Anna, más conocida con el apelativo familiar: Nannerl. La única diferencia entre esta y su célebre hermano es que él sabía componer. Pero nunca se les dio el mismo trato. Nannerl dejó la música por este motivo.

Sobre la figura de Leopold Mozart siempre ha planeado la sombra de la explotación hacia sus hijos, pero el conferenciante lo considera un hecho bastante improbable. «Les dio una profesión. Y también cultura, les llevaba a museos, etc.». 

Durante su adolescencia, Mozart ya era un profesional consagrado. Le pagaban con regalos en vez de con dinero. Y tenía muchos líos amorosos con numerosas mujeres que conocía en sus viajes de trabajo, con las que más tarde se carteaba. De las 371 cartas del compositor que se conservan, 40 de ellas poseen insultos o palabras obscenas en su contenido. Los médicos y estudiosos de su legado explican este extremo considerando la posibilidad de que Mozart tuviera el síndrome de Toureg, que se caracteriza por provocar el uso de insultos. Y también le atribuyen la ecolalia, una perturbación en el lenguaje según la cual el que la posee termina las frases de su interlocutor. Otra curiosidad relacionada con este ámbito es que Mozart tenía los lóbulos de las orejas muy pequeños, hasta el punto de que parecía que los tenía cortados. Y a día de hoy, el gremio médico que se encuentra con esta característica en sus pacientes la denomina Síndrome Mozart.

Uno de los temas principales que centraron la intervención de Fernández Cabrera fue la relación del magnífico compositor con la masonería. Se acercó a la organización a raíz de contraer la viruela. Cuando se produce su contacto con la enfermedad está al servicio de un conde que le cede a su médico personal para su curación. El sanitario era masón y fue quien le introdujo en sus misterios. A él le compone su primera opereta basada en un texto masónico.

Estos contactos fueron a edad muy temprana, pues a los 13 años Mozart ya conocía a varios personajes ocultistas que le piden composiciones en las que se reflejen sus saberes velados. Y a los 18 años ya estaba inmerso en el mundo de las logias, donde en muy poco tiempo se convirtió en maestro. El genio veía la masonería con ese aire romántico del que estaba dotada en su época: como algo propio del renacimiento, valedor de la sabiduría y que propugnaba la igualdad para todos. Bajo estos ideales Mozart hace política dentro de sus obras. Para el común de los mortales sus melodías exaltan el ritmo y la belleza, pero para los iniciados albergan las bases de su filosofía. Tal y como subraya el conferenciante: «él busca cambiar la sociedad con su música. Intenta llevarla hasta la Ilustración». 

Acudía con asiduidad a las reuniones de su logia en Viena, ciudad en la que residía. Había muchos grupos masónicos, y aunque en un tiempo estuvieron protegidos por José II, la llegada del monarca Leopoldo II y su persecución a las logias cambia las cosas. Este extremo hizo que Mozart cambiara de grupo habitualmente, acabando todos bajo una única reunión, sin escisiones.

La Flauta Mágica es su obra masónica por excelencia. Según Fernández Cabrera, está cargada de simbolismo. E incluso los personajes de la misma poseen un homólogo real, como por ejemplo, la Malvada Reina de la Noche, quien encuentra su inspiración en la  madre de Leopoldo II. Una anécdota curiosa que se puso de manifiesto durante la conferencia y que tiene que ver con la creación de esta obra es que algunos contemporáneos del artista contaban que Mozart tarareaba mientras jugaba al billar. Y una de las composiciones que él perfiló en estas circunstancias, al menos en parte, fue la Flauta Mágica.

 Pero si hay un aspecto que genere misterios en torno a la figura de Mozart, este es su muerte. Existen en torno a unas 150 teorías posibles para explicar su fallecimiento. Y las hipótesis que se barajan van desde el envenenamiento hasta la triquinosis, la insuficiencia renal o una bronconeumonía, entre otras.

Mucho se ha hablado a raíz de creaciones fílmicas como Amadeus de la  posible implicación de Salieri en la muerte de Mozart. Pero Fernández Cabrera descarta la idea aludiendo a la declaración que el propio Salieri le hace a un discípulo de Beethoven años después, negándolo, a pesar de los rumores que corrían en la época.

Otro rumor bastante extendido es el del lío amoroso que habría mantenido el compositor con Magdalena, la mujer de uno de sus compañeros de logia. Días después del fallecimiento de Mozart, el marido le corta la cara a su mujer y se suicida. Aunque el conferenciante apunta a la idea de que dicho suicidio podría haber sido ordenado por la propia logia, pues no debía ser de recibo que alguien que hubiera cometido semejante acto con su mujer siguiera entre sus filas.

Una posibilidad es también la de que la muerte de Mozart hubiera sido consumada por los propios francmasones. Y es que el genio de la música no solo dejó muchas deudas, sino que también desvelaba bastantes secretos de las logias en sus composiciones, algo que estaba prohibido en las mismas. Hay partituras que incluso poseen símbolos masones como compases, estrellas, etc.

También se le atribuyen ciertas dotes paranormales al compositor. Una de ellas está relacionada con la precognición. Y es que Jordi Fernández narró durante su intervención cómo poco antes de su muerte Mozart asistió a la despedida de su amigo el compositor Haydn, que se marchaba de gira por Europa. Durante la misma, el genio le dijo a su viejo colega: «qué pena que te vayas. Me da la sensación de que no nos vamos a ver más». Y así fue.

Otro aspecto misterioso que se relaciona con su fallecimiento lo encontramos en el propio día de su muerte: el 5 de diciembre de 1791. En sus últimas horas el maestro es asistido por Constanza, su mujer, y las dos hermanas de esta. Sophie, una de ellas, estaba pensando en el genio mientras sostenía una vela en la mano. Justo cuando falleció, la llama se apagó. Y ella lo interpretó como una señal de Mozart, que había ido a despedirse.

Lo cierto es que durante los últimos instantes de su agonía el que fuera niño prodigio sabe que va a morir. El conferenciante señaló que Mozart pidió que algunos de sus compañeros de teatro acudieran hasta su habitación y le tocaran la Lacrimosa. Cuando escucha la melodía, llora.

Su última obra fue el Réquiem. Una composición que le encargó un misterioso cliente que no quiso desvelar su identidad. Jordi Fernández considera que esta obra es la más misteriosa, y es que el propio Mozart al desconocer la identidad del cliente y encontrarse ya próximo a la muerte cree que el réquiem que le han encargado es para él mismo. Pero nada más lejos de la realidad, y es que como él mismo señala «la pieza se la encarga un conde para conmemorar el primer aniversario de la muerte de su mujer. Lo hace en secreto y sin mostrar su identidad porque este conde se atribuía las obras a sí mismo. No era el oscuro personaje que Mozart identificaba con su padre o incluso con la propia muerte». Mozart muere horas después de dictar algunas partes del Réquiem. «De hecho, cuando expira, lo hace intentando componer los sonidos de los timbales», señala el conferenciante.

«Pam. Pam. Pam». Posiblemente fueron sus últimas palabras.

Cuando finalmente el músico fallece, a pesar de que ya era célebre, prácticamente nadie acude a su entierro. Aunque la explicación es al parecer sencilla: Constanza, su mujer, le organiza un entierro de tercera clase. En primer lugar bendicen el féretro en la catedral. Y lo hacen fuera porque el cadáver desprende un olor desagradable. Según Jordi Fernández, nadie acompaña a la comitiva funeraria porque era de noche y hacía muy mal tiempo. Aunque sus compañeros de logia, a pesar de que no acuden hasta el cementerio, sí que le acompañan durante su paso por la catedral. Más tarde se irán a beber en su honor.

No es posible hablar de Mozart y sus enigmas sin hacer alusión a su lugar de enterramiento. Aunque sea una verdad bastante extendida, no es real que fuera enterrado en una fosa común. Según Fernández Cabrera, el hecho de que no se conozca con exactitud su lugar de enterramiento es por culpa de su esposa. Tras la muerte de Mozart sufre episodios de enajenación en los que se refugia en la cama de su marido para intentar contagiarse de la misma enfermedad que él o sufre otros extremos como romper su careta mortuoria o todas las cartas del maestro en relación a la masonería. En este estado de altibajos emocionales Constanza no acude al cementerio para poner una cruz que identifique el lugar en el que Mozart fue enterrado. Y de hecho no vuelve por el lugar hasta pasados 20 años de la muerte de su marido. Hay que destacar que si se conserva a día de hoy su cráneo es porque en el propio cementerio se le tenía considerado un fetiche.

Jordi Fernández concluyó la conferencia haciendo alusión a Xaver Mozart, el hijo del maestro, que durante mucho tiempo utilizó la firma de su padre. Quizá fue la mejor forma de cerrar la misma, aludiendo a esa relación paterno filial. Y es que si bien Fernández Cabrera no tiene relación con la música más allá de la afición, su madre, sus hijos y su mujer tocan el piano. Y se confiesa admirador ferviente de la Lacrimosa, una obra que, en sus palabras, le mece y evade como ninguna otra. 

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