Warning: A non-numeric value encountered in /home/periodi5/public_html/wp-content/themes/Divi/functions.php on line 5483

(entrevista de abril de 2011)

Javier Sierra: «Los ángeles son más humanos de lo que nos imaginamos».

Un rapsoda entre el ruido, avanzando cual salmón contra la corriente, luchando por rescatar sucesos importantes de nuestra historia que yacen en la bruma del olvido. Ese es Javier Sierra, el periodista y escritor que recupera en su última novela, El Ángel Perdido, la historia más antigua de la humanidad y la verdadera personalidad de unos seres divinizados por la cristiandad: los ángeles. Ser el autor español que más vende en la actualidad, en este caso no es un premio: es la consecuencia lógica de la pasión, la constancia y la entrega.

El Ángel Perdido, Javier Sierra

En el año 89, cuando salió a la venta el primer número de la revista Más Allá, fue al quiosco que estaba al lado de su colegio universitario y cuando llegó de vuelta, le dijo a su jefe de estudios que trabajaría en esa revista. Y lo logró ¿También soñó alguna vez con ser un novelista de éxito?

-Cuando, muchos años antes de aquel paseo hacia el quiosco en busca de la revista Más Allá, jugaba a escribir mis primeros cuentos y a encuadernarlos con grapadora, a dibujar sus portadas e incluso a inventar nombres de editoriales para ponerlos en esas cubiertas que yo bocetaba, ya sabía que yo iba a ser escritor y que alguien iba a leer mis libros. Quizá no podía imaginar que iban a ser traducidos a idiomas en los que no reconocería ni siquiera mi nombre, pero eso es una consecuencia colateral. Al final lo que yo tenía muy claro desde que era muy niño es que quería ser contador de historias. Y hoy, muchos años más tarde, cuando ya tengo un hijo de casi cuatro años y le preguntan que en qué trabaja su padre y él responde: «mi Papá cuenta cuentos», ya sé que he conseguido lo que me proponía cuando era niño.

Con respecto a su nuevo libro, El Ángel Perdido, ¿Es para usted el principio de una historia, de unos hechos, todavía por descubrirse?

-El Ángel Perdido es un eslabón que, unido a mis anteriores libros, tanto los de ficción como no ficción, forman la cadena de mi búsqueda. Yo estoy buscando. Buscando respuestas. Quiero saber qué hay más allá del mundo físico, de dónde venimos y a dónde vamos. Estoy intentando encontrar respuestas a todas esas preguntas esenciales. Y a veces el único recurso natural del que dispongo para tratar de vislumbrar una respuesta es la imaginación. Y por eso me lancé a escribir novelas. Porque ahí puedo liberarla y utilizarla como herramienta de trabajo.

Algunos de los principales escenarios de El Ángel Perdido, como Santiago de Compostela o Noia, ¿Fueron elegidos por las coincidencias con conceptos del diluvio o estas coincidencias son fruto de su imaginación?

-Los escenarios fueron minuciosamente buscados. Lo que yo quería es que los propios escenarios de la novela fueran casi como protagonistas en la misma. Que tuvieran alma. Que tuvieran algo importante que decir a los lectores. Por eso seleccioné Noia, por ejemplo. Noia está vinculada, por una antigua tradición local, con el patriarca Noé; su escudo muestra un arca flotando sobre las aguas del diluvio, e incluso, la leyenda local dice que el arca varó en el monte Aro, cerca de la sierra de Barbanza. A mí me costó dar con todos esos elementos y con algunos otros más que cuento en la novela. Pero los encontré. No son fruto del azar, en absoluto.

¿Piensa que tal y como reflejaba Peter Kolosimo en la revista Mundo Desconocido, el Apocalipsis de San Juan, concretamente el pasaje en el que se describe el fin de nuestro mundo, no es simple y pura previsión, sino imágenes difusas y recuerdos ancestrales del diluvio universal?

-Lo que yo creo es que todas esas descripciones o visiones de futuros apocalípticos sí que pueden tener mucho que ver con recuerdos muy remotos. Hoy no está muy bien visto hablar de memoria genética porque se supone que es algo que no existe, pero yo creo que hay algo de eso dentro de cada uno de nosotros que nos conecta con nuestros orígenes, con nuestro pasado, y que, ocasionalmente, interfiere en nuestra química cerebral y nos hace recordar cosas que no hemos visto. Y las planteamos quizá como vislumbres del futuro. Pero esto es solo una suposición. Es una idea mía. Y esto es lo que le pudo haber pasado a San Juan, aislado en la Isla de Patmos, en largos períodos de ayuno e ingiriendo incluso sustancias psicotrópicas.

Se puede pensar que el diluvio aparece solo en la Biblia, aunque lo cierto es que se repite en infinidad de culturas muy distantes entre sí. Sabiendo de estas coincidencias, ¿La ciencia se ha preocupado por estudiar la veracidad del diluvio?, ¿Existen pruebas científicas que lo corroboren?

-De lo que hay pruebas es de la existencia de un brusco cambio climático hace aproximadamente unos 10.000 años. Pruebas geológicas e incluso pruebas arqueológicas. Pruebas geológicas como que los sedimentos en glaciares demuestran que hubo una merma de masa helada del planeta y, por lo tanto, en consecuencia, hubo un aumento de las aguas y un cambio del perfil costero. En algunas universidades se trabaja ya, desde hace años, con modelos de mapas de inundación informáticos, en los que se especula, a medida que desciende la masa de los polos, cómo cambian las costas de todos los mares. Incluyendo el Mediterráneo, que es casi un lago. La ciencia no dice que el diluvio sea algo veraz, porque no puede decirlo. Sin embargo, sí sabemos por otro tipo de pruebas, que el comportamiento climático en determinadas zonas del planeta ha variado mucho. Por ejemplo, en Egipto. Allí, sabemos que en la época en la que se construyó la Esfinge había mucha lluvia, porque el pecho del coloso está erosionado por agua de lluvia y sin embargo la cabeza no tiene rastros de aquella erosión porque fue retallada en tiempos faraónicos. Ahora bien, la última vez que llovió mucho en Egipto, lo suficiente como para provocar esas erosiones geológicas, fue hace 7.000 años y se supone que hace 7.000 años no existían los egipcios.

Las leyendas tan parecidas sobre el diluvio no solo nos pueden llevar a pensar en la veracidad del mismo, sino también en que ¿Estas coincidencias se dan porque existe una cultura matriz, una cultura ancestral común?

-Esa es una vieja obsesión de mucha gente. Y de muchos intelectuales, en concreto. El buscar una cultura madre de la que podrían haber bebido todas las culturas primigenias del planeta. La existencia de esa cultura madre explicaría, por ejemplo, por qué sumerios y egipcios o hindúes levantaron templos en forma piramidal para comunicarse con sus divinidades, o por qué existen tantos nexos en común con los pueblos constructores de pirámides en la América precolombina. No me refiero solo a los mayas, me refiero, por ejemplo, a la ciudad de Caral, en Perú, y a otras culturas más antiguas incluso, en las que, además, se momificaba a los muertos, se trepanaba en operaciones quirúrgicas siempre muy parecidas -tanto en Egipto como en Mesoamérica- o se rendía culto al sol. Todos esos elementos coinciden en las mismas culturas y  existe la tentación de pensar que bebieron de una fuente común. De una civilización madre que, Platón, mucho tiempo después, llamó: Atlántida. Nadie creyó a Platón. Nadie le ha creído hasta ahora, cuando él dice en el Timeo y Critias que la Atlántida se hundió en un día y en una noche. Pero si observamos lo que acaba de suceder en Japón y vemos de lo que es capaz la naturaleza cuando se enfada un poco más de lo que habitual, creo que podemos entender que una masa de tierra se hunda en un día y en una noche sin dejar huella. Es factible.

En El Ángel Perdido ha humanizado la figura de los ángeles, sin embargo no todos pueden subir esa “escalera de Jacob”, ¿Esto quiere decir que hay que saber mirar más allá para acceder a determinados misterios?

-Sí, eso es cierto. Pero, no soy yo el que ha humanizado a los ángeles. El problema es que han sido los cristianos los que los han divinizado. En el Antiguo Testamento, en el libro del Génesis, la descripción primera de los ángeles es una descripción humana. Son seres que tienen relaciones con mujeres y tienen descendencia. Capítulo 6 del Génesis. Son individuos que se sientan a comer en la mesa de Abraham e ingieren bebida y alimento sin ningún problema. Son los que llaman a la puerta de Lot avisándole de que Dios ha decidido destruir Sodoma, y en el camino, mientras atraviesan las calles de Sodoma, son asaltados por los ciudadanos que los ven hermosos y ricos. Luego, yo no soy el que ha humanizado a los ángeles. Los ángeles son más humanos de lo que nos imaginamos. Y ese pasaje con el que yo abro la novela de El Ángel Perdido, en el que se mezclan con los humanos, nos da una pista fundamental sobre nuestros orígenes. Queramos creerla o no.

Existen leyendas que sitúan el Arca de Noé en el Monte Ararat (Turquía), incluso polémicas fotografías que también aparecen en su libro y que ponen de manifiesto la existencia de lo que parece ser una embarcación bajo los hielos y las nieves perpetuas. Usted fue al Ararat y, tras el viaje, ¿Cree que la historia del arca es un mito, o que realmente está allí y algún día la encontraremos? ¿Qué sensación tiene al respecto?

-Después de estar en el monte Ararat, volví con una perspectiva más crítica sobre la existencia de restos arqueológicos de una gran embarcación a 4.600 metros de altura, porque vi cómo se comportan los glaciares. Los glaciares arrastran todo lo que se encuentran a su paso. Y si hoy dejaras una mochila encima de uno de esos glaciares y volvieras al año siguiente, probablemente la encontrarías despedazada. No congelada, sino despedazada. Eso significa que un glaciar encima de una embarcación, que es lo que se ha sostenido siempre que es la anomalía del Ararat, hubiera despedazado cualquier tipo de artefacto hueco como sería un barco de ese tipo. Pero dicho esto, a mí me siguen intrigando, y quizás después de mi vista al Ararat más que nunca, los hallazgos de madera petrificada en alta cota. Por ejemplo, Ferdinand Navarra se lleva varios fragmentos de madera. Él es un escalador francés que se lleva algunos trozos de madera en 1.954 y que los encontró a 4.700 metros de altitud, más o menos. Madera que es datada en varios laboratorios europeos, entre ellos, también, uno español, y da una edad de 5.000 años y que se trata de madera de roble. No hay robles a 4.000 metros de altitud, luego se trata de un roble artificial, de algún tipo de estructura que estaba allí en lo alto. Esto es una esperanza, desde luego, para los que queremos creer. Y para mí, sigue siendo, quizá, la parte más interesante de este misterio.

La potente energía que se cuenta como una de las características fundamentales de objetos como el Arca del alianza, ¿Alude claramente a tecnología o presencia extraterrestre en nuestro planeta hace miles y miles de años?

-Apelo a la tercera ley de Arthur C. Clarke: “cualquier tecnología superior es indistinguible de la magia”. Probablemente. Aunque yo no sé si de naturaleza extraterrestre. Es que ese salto es muy grande. O podría aludir a tecnología de esa civilización madre desaparecida, que sería más coherente.

¿Y esa civilización madre de dónde habría obtenido esos conocimientos?

-Pues igual que nosotros: del ingenio infinito humano.

Las piedras de John Dee que se conservan en el Museo Británico, ¿Son las únicas en su especie?

-Yo quiero creer que no. En la novela las emparento con otras muchas piedras con nombre propio que están en la base de muchas grandes religiones. Por ejemplo, la piedra Benben, que es una piedra que se veneraba en el antiguo Egipto, de origen meteorítico, probablemente, y que se conservó durante siglos en Heliópolis. Esa fue una piedra que se creía que procedía de los dioses. Como la Kaaba, en La Meca, cuyo origen, también, es meteorítico. O, por ejemplo, dos piedras que se escribieron en el templo de Salomón y que se utilizaban para establecer comunicación con Dios, que eran las piedras Urim y Tumim, mencionadas en el Antiguo Testamento. Yo las emparento con ellas. No sé si es justicia emparentarlas, porque nadie ha visto esas piedras. Nadie ha podido examinar la piedra Benben que desaparece hace mil años, la Kaaba es sagrada, Urim y Tumim han desaparecido…pero , bueno, como la imaginación también interviene en este campo, pues yo las emparento y creo que la asociación es lícita y coherente.

Se dice que hay que mirar el pasado para comprender mejor el futuro. Con todas las catástrofes naturales que estamos viviendo hoy día, ¿Cree que todo esto ya había sido descrito por nuestros ancestros?

-Si lees los Vedas y ves las descripciones, por ejemplo, de Arjuna, que es un héroe que decide pedir la ayuda de los dioses para destruir una ciudad, y contemplas la descripción que se hace allí de la devastación que crea una lanza de los dioses que logra emitir un rayo 10.000 veces más fuerte que el sol y que acaba con una población entera… uno tiene la tentación de ver ahí el reflejo de nuestras modernas armas termonucleares. Wernher von Braun, el padre de los cohetes y de la moderna astronáutica, que había diseñado los V2 alemanas y es padre de los proyectos Apolo, cuando comienza a trabajar con las armas atómicas y trabaja en el proyecto Manhattan, lo primero que hace en la primera prueba en el Trinity Site, en Nuevo México, es recordar los pasajes de los Vedas, porque ve ahí el reflejo de las armas nucleares en la prehistoria. Luego, sí, hay muchas cosas en el pasado que nos hacen interpretar mejor elementos que vemos hoy. Mi ley favorita de Arthur C. Clarke, que es un famoso escritor de ciencia-ficción, es la tercera: “Cualquier tecnología superior es indistinguible de la magia”. Claro, si nosotros vemos con los ojos de un hombre de hace 2.000 años, una explosión nuclear, pensaremos que es una acción de los dioses, algo completamente inexplicable. Lo describiremos como mejor podamos, utilizando el vocabulario que tenemos a nuestro alcance, pero nunca terminaremos de entenderla. Ese mismo hombre, situado 2.000 años después, con conocimientos de tecnología y sabiendo lo que hoy sabemos, la llamaría por su nombre.

Sus obras, ya sean novelas o ensayos, están interconectadas, pues reivindican ideas semejantes y se aluden las unas a las otras ¿Podríamos decir que la obra de Javier Sierra es el diario de años y años de investigación que han ido formando una filosofía de vida, en definitiva?

-Me gusta que lo veas así. Si. Yo también intuyo que mis obras forman parte, en realidad, de un solo libro. Son aproximaciones a cuestiones fundamentales que me preocupan desde hace años. Por ejemplo, El Ángel Perdido debe literariamente mucho a La Dama Azul, donde se hablaba ya de los ángeles como personas de carne y hueso infiltradas entre nosotros. Debe a Las Puertas Templarias, donde se habla de las conexiones de ciertos lugares con el cielo, como puertas de acceso o de inteligencias no humanas entre nosotros. Debe también a En Busca de la Edad de Oro, porque se habla de la civilización madre, de la lengua perfecta. Y debe, yo creo que también, a La Ruta Prohibida, donde hay ciertas alusiones a la antihistoria, a esa  historia que no nos han enseñado en el colegio y que nos obliga a tener los ojos muy abiertos, que es también lo que yo pretendo con mi novela, con El Ángel Perdido.

¿Quizás estos enlaces y alusiones en su obra pueden ser la prueba de que todo está relacionado y de que un misterio lleva a otro?

-Pero es una prueba subjetiva. Para mí sí. No necesariamente para el lector o para todo tipo de lectores. Mis libros son la prueba de que estoy en el camino, de que estoy buscando. Pero no es un destino. Yo no quiero ser gurú de nadie ni convertirme en Mesías de una nueva creencia ni muchísimo menos. Lo que yo intento es compartir mi curiosidad con el lector y que el lector que esté adormecido descubra que, siendo curioso, no solamente va a estar más despierto, sino que va a ver más.

¿Pesa tener que colgar el título de novela a obras que en su fuero interno puede pensar que fueron reales, solo porque vivimos en un mundo en el que todo tiene que legitimarse científicamente? O, por el contrario, ¿Es una licencia que le gusta ya que entra en juego su imaginación?

-A mí el hecho de que se ponga una etiqueta u otra a un libro me parece un condicionamiento temporal. Lo que importa es que las obras se lean y que hagan dudar al lector. Si lo hace viendo ensayo en la cubierta o viendo novela en la cubierta, qué importa. Lo importante es la sensación final que provoca.

¿Encontró en el monte Ararat lo que buscaba?

-Encontré ganas de seguir buscando, que no es poco.

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra política de cookies. Más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar