Hay acontecimientos que, por mucho que pase el tiempo, nunca se olvidan. Y no solo no dejan de recordarse, sino que además siguen deslumbrando a sus interesados y generando polémica. Me inclino a pensar que esta fascinación surge por los ingredientes que aderezan estos sucesos, a menudo marcados por el amor, la tragedia y el misterio.

Sin duda, uno de los acontecimientos históricos que más características de las citadas atesora es el hundimiento del Titanic. ¿Cuántos libros, películas, documentales, reportajes y series giran en torno a lo ocurrido? Efectivamente, una ingente cantidad de material que sigue fascinando a muchos desde aquella fría madrugada del 14 al 15 de abril de 1912. Hay que recordar que solo 29 días después de la tragedia ya se estaba rodando un film sobre el tema.

RMS Titanic, escrito por Yvan Figueiras, es el ensayo más documentado que he leído sobre el Titanic. Figueiras, quien ha sido sonarista de la Armada y es un experto marino, ha dedicado gran parte de su labor investigadora a desvelar los secretos del transatlántico. Consultando toda la documentación existente, tanto los testimonios de los supervivientes como los recortes de prensa, los informes del juicio y las hipótesis que se han ido forjando en las últimas décadas, nos ofrece un libro que tiene la facultad de trasladarnos con precisión no solo a las últimas horas del Titanic, sino a toda su historia, desde su construcción hasta su abrupto final.

Precisamente, el hecho de que el autor sea un perfecto conocedor del mar y de sus circunstancias le da a la obra una dimensión mucho más real, pues analiza lo ocurrido desde su punto de vista de experto y descarta muchas de las inexactitudes que se han ido diciendo y escribiendo a lo largo de estos años, como por ejemplo, que para que el barco hubiera sobrevivido tendría que haber encarado directamente el iceberg. En el libro, Yvan disecciona cada una de las causas del hundimiento que se han barajado desde entonces y nos presenta un completo panorama que obliga al lector a entender aquel fatal desenlace.

Portada del libro

Hablando de inexactitudes, como comentaba al principio, se dicen muchas cosas sobre el Titanic que no son verdad, y como se copian y se pegan de un libro a otro, las incorrecciones no terminan nunca. Yvan nos aclara algunos de esos detalles, como por ejemplo, uno que apenas tiene importancia pero que a los mitómanos les puede interesar. Cuentan que el ingeniero Thomas Andrews murió ante una chimenea y contemplando el cuadro Llegada al Nuevo Mundo, que colgaba sobre ella. Según las pesquisas de Yvan, sabemos que este cuadro se encontraba en el barco hermano del Titanic, en el Olympic, por lo tanto no pudo ser en el que se refugiara Andrews durante los últimos instantes de vida del barco. La escena que observó el ingeniero por última vez fue una imagen del puerto de Playmouth de un pintor llamado Wilkinson.

El libro no solo nos lleva por aquel lujoso rincón del barco, sino por todas y cada una de sus suites, cafés, restaurantes, salas de fumadores, piscina, gimnasio, y demás estancias. Gracias al magnífico plano del barco que acompaña a la obra y a las detalladas descripciones del escritor podemos imaginarnos fielmente cómo era viajar en el Titanic: un sueño para todos, tanto para los pasajeros de primera y de segunda como para los de tercera. El Titanic era todo belleza y confort y hasta los comedores de tercera eran mejores que muchos de los restaurantes a los que acudimos hoy día. Un dato curioso que he conocido gracias al libro, es que pasajeros que podrían haber pagado un billete de primera prefirieron viajar en segunda porque los horarios, normas y protocolos eran menos rígidos que en la clase estrella pero igualmente confortables. Hay que decir que aunque en el Titanic trataban muy bien a los viajeros de tercera clase -también a la hora de subir a los botes, pues no se discriminó a las mujeres ni a los niños de tercera-, sí había una obsesión -reflejada tanto en el diseño como en la distribución de los camarotes- por mantener separados a los solteros de tercera clase tanto de las mujeres de su mismo status social como de los superiores.

El Titanic pudo hundirse el día de su inauguración

Me ha sorprendido mucho descubrir que, ya desde el día de la inauguración, el Titanic pudo vivir graves incidentes. Justo al salir del puerto en aquella primera travesía, el Titanic pasó cerca de los barcos Oceanic y New York, que se encontraban fuera de servicio a causa de una huelga del carbón. Según explica Yvan Figueiras, “la succión causada por las más de 53.000 toneladas métricas que desplazaba Titanic provocó que la popa del New York se abriera, hasta que faltaron -se rompieron- las amarras y comenzó a moverse con rapidez, amenazando con ponerse directamente en ruta de colisión con el transatlántico. El accidente se evitó por apenas tres o cuatro pies(…)”. Solo gracias a los responsables del remolcador Vulcan y a la rapidez de actuación del práctico del puerto, George Bowyer, pudo evitarse la tragedia.

Este no fue el único suceso que pudo herir gravemente el barco. En su partida de Belfast, se había detectado un incendio en uno de los bunkers de carbón. Al parecer, este tipo de incendio, muy común en la época, no podía apagarse con agua normal. Lo que se hacía era ir reduciendo el número de carbón en llamas introduciéndolo en las calderas para que ardiese allí. En el Titanic se consiguió controlar el incendio el día 14, el mismo día que acabaría bajo las aguar del mar.

Titanic saliendo de Belfast para unas pruebas (captura del libro)
Aquella helada y triste madrugada la tenemos en la retina gracias a las películas y series que la han recreado, y en muchas de ellas, hay personajes reales que son injustamente tratados y otros que pasan sin pena ni gloria pero que merecen mención especial. El libro de Yvan Figueiras es especial tanto por la profusión de datos como por acercarnos la imagen real de muchos de los testigos de aquel doloroso trance. Por ejemplo, Bruce Ismay, dueño de la White Star, aparece en muchas creaciones audiovisuales como una mala persona que se subió rápidamente a un bote para salvar su vida sin tener en cuenta al resto de los viajeros de su barco. El autor, que cronológicamente retrata la escena vivida en cada rincón del transatlántico durante el hundimiento, escribe al hablar del lanzamiento del bote número 5: “Bruce Ismay también estaba rondando el bote 5, pero no para escabullirse, como es la imagen que el cine nos ha dejado de él, sino para ayudar a embarcar a las mujeres y a los niños, en pantuflas y cubierto por un abrigo. Tanto era su empeño que acabó recibiendo una reprimenda del 5º oficial Lowe, por intentar meter prisa al personal que tenía que arriar el bote sin tener la más mínima idea de cómo funcionaba la maniobra (…). Mientras destapaban el bote, un pasajero repetía por encima del estruendo del vapor que “no había tiempo que perder” y que prácticamente ordenaba que embarcasen antes a las mujeres y menores. Pitman, que desconocía que aquel hombre era Bruce Ismay, se dirigió al puente, a consultar con Smith. El capitán le indicó que así lo hiciera”. Como vemos, no todo es como nos lo han contado… o no todo nos lo han contado, pues me ha encantado descubrir figuras como la de los héroes del Carpathia.

Los héroes del Carpathia

Cuando el capitán del Carpathia, Arthur H. Rostron, tuvo conocimiento de lo ocurrido gracias a los mensajes de auxilio que se estaban enviando a través del telégrafo, comenzó a prepararlo todo para auxiliar a las víctimas. Como el propio autor reconoce en el libro, “al contrario de lo que había hecho Smith -que no solo se había quedado en blanco sin dar una orden directa, sino que es probable que llegara a dejarse gobernar por un mero pasajero como Ismay-, el capitán Rostrom convocó a sus oficiales, a los que puso a trabajar inmediatamente”. Ordenó invertir el rumbo del barco, antes incluso de confirmar el mensaje que se había recibido en cuanto a lo que estaba ocurriendo en el Titanic, y forzó las máquinas y las calderas al máximo para llegar cuanto antes al lugar en el que se les necesitaba. Redistribuyó a los pasajeros para dejar todo el espacio libre que fuera posible para acoger a las víctimas, incluyendo su propio camarote, y puso un médico al frente de cada salón del barco. Lo mismo ocurrió en la cubierta, donde todo estaba listo para poder subir los supervivientes. Las acciones del capitán del Carpathia y de su tripulación les hicieron merecedores de la Medalla de Honor del Congreso. Como vemos, fueron auténticos héroes, los primeros y únicos en llegar hasta las víctimas, y ese es otro extremo de la historia cargado de misterio del que Yvan Figueiras también se ocupa en su obra. Al parecer, todavía existe controversia en cuanto a naves que recibieron el mensaje de socorro y no le prestaron atención y también sobre luces de un supuesto barco que los pasajeros del Titanic, una vez en los botes, veían en la lejanía pero que nunca pudieron alcanzar.

Sea como fuere, los viajeros del Titanic se encontraron completamente solos ante la catástrofe que se les venía encima, catástrofe que, haciendo honor a la verdad, pocos pensaban que pudiera llegar a materializarse. En contra de lo que se ha reflejado en las películas, no se vivieron escenas de alarma general en cubierta a pesar de que el barco se estuviera hundiendo. De hecho, los botes se alejaban medio vacíos, pero no porque opinaran que cargándolos mucho podrían llegar a volcar, sino porque, según las averiguaciones del escritor, la gente no quería abandonar aquella segura mole para internarse en la negrura del mar dentro de un frágil bote. Las escenas de pánico empezaron mucho más tarde, cuando apenas quedaba nada del Titanic a flote.

Supervivientes del Titanic a bordo del Carpathia (captura del libro)

Evocando aquellos instantes terribles gracias al relato pormenorizado de Yvan Figueiras, se puede llegar a imaginar, solo a imaginar, cómo debieron sentirse aquellos frágiles cuerpos a la deriva, luchando por llegar a algún trozo de madera o a alguna lancha o bote que pudiera librarles de aquel frío que les estaba matando. Y hasta en estos momentos, hay personas que mantienen la compostura. Me impactó conocer que, una vez hundido el barco, varias personas pudieron nadar hasta un bote a la deriva que estaba flotando invertido. Una treintena de supervivientes abarrotaron el espacio disponible y no ayudaban a los que intentaban subir por miedo a sobrecargar el bote y que todos perecieran. “Una de las personas abandonadas en el agua, de nombre por desgracia desconocido, tuvo el ánimo de desearles suerte y despedirse educadamente, tras haberle sido denegado el permiso para subir a bordo”, escribe el autor.
Este desconocido héroe, el panadero jefe Joghin, que, como la orquesta, estuvo trabajando hasta el final, o el telegrafista Harold Bride, quien una vez en el Carpathia y a pesar de tener los pies destrozados, no dejó de colaborar para transmitir los nombres de los supervivientes, son personas que destacaron por sus buenas acciones en los peores momentos.

En RMS Titanic también se explican algunas de las misteriosas premoniciones y coincidencias que se relacionan con el hundimiento del Titanic, algunas justificadas -como la extraña sensación de Lady Lucille Duff-Gordon, que a pesar de no creer en los asuntos paranormales y de que el barco le inspiraba mucha confianza, sin saber por qué dormía todas las noches semivestida, con un abrigo y sus joyas cerca de la cama, desconociendo a qué obedecía ese presentimiento- y otras más fantasiosas que se dan por auténticas. Una de las historias más fascinantes es la que retrata Silvia Casasola, estimada periodista y directora de la Rosa de los Vientos de Onda Cero, autora del prólogo del libro. Se trata de la increíble vivencia de Violet Jessop, una mujer que sobrevivió a los tres accidentes ocurridos en los tres barcos hermanos de la White Star Line: el Titanic, el Olympic y el Gigantic (más tarde Britannic).

Si queréis conocer este y otros fascinantes relatos relacionados con el inolvidable buque no dejéis de leer RSM Titanic de Yvan Figueiras, el que considero uno de los libros más rigurosos y documentados sobre este precioso y, tristemente, desgraciado sueño roto que nunca podremos olvidar.