En la calle San Mateo, en pleno corazón de la capital, se alza uno de los museos más especiales de Madrid: el Museo del Romanticismo, que fue fundado por Benigno Vega-Inclán en un palacio neoclásico del siglo XVIII. Congelado en el tiempo, el museo traslada al visitante al siglo XIX mostrando las particularidades de una época marcada por la ruptura con lo anterior y por una rica producción artística y literaria caracterizada por la evasión del mundo, la importancia de los sentimientos, la melancolía y el misterio.

De entre la amplia colección de esta casa museo hemos seleccionado cinco piezas que encierran, en sí mismas, algunas de las costumbres más curiosas de la época.

 

  • 1 Joyería elaborada con cabello humano

Brazalete hecho con cabello humano. Museo del Romanticismo, fotografía Lourdes Gómez

La muerte es una realidad que nos alcanza a todos pero que no siempre se ha contemplado con los mismos ojos. En el siglo XIX la esperanza de vida era inferior a la de hoy día y los fallecimientos eran mucho más habituales, especialmente en los niños. El auge del Romanticismo, caracterizado por la exaltación de los sentimientos, propició que el luto, más que como una tradición habitual tras la pérdida de un ser querido, se viera como una fórmula imprescindible para no olvidar a la persona fallecida, especialmente en el caso de las mujeres, a las que se les imponían unas estrictas reglas a la hora de vestir y de comportarse durante los periodos de duelo.

En este ambiente se popularizaron las joyas hechas con cabello humano, tal es el caso de brazaletes, pendientes, anillos y broches, entre otros, que se conservan en el Museo del Romanticismo. Hoy puede parecer un detalle muy macabro pero, como explican las historiadoras del Arte Jennifer Carrera y Nuria Lázaro, en la España decimonónica se solía regalar mechones de pelo como símbolo de amor y de amistad. Así, no es difícil imaginar que, ante la pérdida de una persona amada, los románticos buscaran conservar algún pedazo de lo que fue, junto con la esperanza de un reencuentro en el más allá. Por cierto, esta práctica aparece hasta en la novela La de Bringas, de Benito Pérez Galdós.

joyas románticas, entre ellas una aguja y un brazalete hechos con cabello humano. Museo del Romanticismo, Fotografía Lourdes Gómez

Es interesante señalar que el cabello se ha utilizado como reliquia y como amuleto desde la antigüedad, prueba de ello es que junto a Tutankamón se hallaron, cuidadosamente guardados, cabellos que habrían pertenecido a su abuela. Aunque durante el Romanticismo se hacían auténticas joyas elaboradas por maestros orfebres, alcanzando algunos gran fama por esta labor, como Gabriel Lemonnier. Uno de sus cuadros elaborado con cabello humano se conserva en el Museo del Romanticismo.

Otras prácticas populares de la época para recordar a los fallecidos eran la fotografía post mortem o las esculturas de personas muertas.

  • 2 Esculturas de niños fallecidos

Infante muerto, José Piquer y Duart, Museo del Romanticismo. Fotografía Lourdes Gómez

Existe controversia en cuanto a la identidad del bebé fallecido que se representa en esta creación de José Piquer y Duart, uno de los máximos exponentes de la escultura española decimonónica, que se puede contemplar en el Museo del Romanticismo. Por la fecha grabada en la obra, 1855, se piensa que podría tratarse de una hija de Isabel II -Piquer y Duart fue el último primer escultor de cámara de los Reyes de España-, la infanta María Cristina de Borbón, fallecida en 1854 cuando solo contaba con días de vida. Su pérdida no fue la única que sufrió la Reina, que dio a luz en doce ocasiones, pero seis de sus hijos nacieron muertos o fallecieron poco después de nacer, y otra murió con apenas 18 años.

Aunque algunos estudiosos se preguntan si el bebé representado está muerto o dormido, la versión más extendida defiende la ausencia de vida en el infante. La mortalidad infantil estaba muy presente en la sociedad de la época. Difteria, escarlatina, o tisis, entre otras enfermedades, así como la insalubridad de algunos entornos y la falta de atención médica provocaban estas tempranas muertes, causando en las familias un dolor terrible. Según señala Isabel Ortega, técnico de Museos del Museo del Romanticismo, en relación al fallecimiento del primer hijo de Isabel II, “los muchos remedios ensayados con el príncipe, entre ellos los baños de éter y la insuflación con fuelles, o la colocación de su cuerpo sobre redaños de carnero recién degollado, muchos de ellos ejecutados personalmente por Isabel II, no lograron evitar el fatal desenlace, sumiendo a la Familia Real en un inconsolable estado”.

De hecho, la escultura que alberga el Museo del Romanticismo no es la única de un infante muerto que elaboró Piquer y Duart, pues tiene otra escultura muy parecida que, según los expertos, podría representar a ese primogénito de Isabel II que falleció el mismo día de su nacimiento, en 1849.

  • 3 El retrete de Fernando VII

Retrete de Fernando VII. Museo del Romanticismo. Fotografía: Lourdes Gómez Martín

La pieza más escatológica del Museo del Romanticismo es el retrete de Fernando VII, o más bien, uno de sus retretes, puesto que este, en concreto, estaba instalado en la sala 39 del Museo del Prado, que, en su momento, albergó pinturas de Goya. Elaborado en madera de caoba, consta de un mullido y elegante sillón que tiene un agujero en el centro por el que caían las excreciones del monarca, que iban a parar a un cajón que más tarde debía limpiarse a mano. Ahí es nada.

En contra de lo que se pueda pensar dado el decoro y la etiqueta que tanto se defendían por entonces, según explican en el cuadernillo del itinerario del Museo del Romanticismo, en cuanto a la higiene masculina, “la burguesía no se mostró muy interesada en tener un cuarto apropiado para su aseo, de modo que era habitual colocar una jofaina para lavarse en cualquier parte de la casa, o bien sacar los orinales para que fueran utilizados por los caballeros una vez se habían retirado las señoras”.

  • 4 La mesa hecha con una lápida

Mesa hecha con una lápida. Museo del Romanticismo. Fotografía Lourdes Gómez Martín

Aparentemente es una mesa normal, como se describe en el itinerario del museo, un velador circular que sigue la moda medieval del Gótico, pero su tablero oculta un secreto que se desvela en la siguiente fotografía.

Mesa hecha con una lápida. Museo del Romanticismo. Fotografía Lourdes Gómez Martín

Efectivamente, se trata de una losa sepulcral, una lápida de cementerio cuyo mármol blanco se reutilizó para confeccionar esta mesa. Aventurándose en la imaginación se puede pensar que quizá el tablero fue testigo y centro de alguna sesión espiritista de la época, pero lo cierto es que no es la única mesa de Madrid elaborada con una lápida. Como explican en la web Secretos de Madrid, en la capital existió un negocio de compra-venta de lápidas con las que se fabricaban mesas para bares y otros establecimientos.

  • 5 Retratos del suicidio

Los Románticos, Leonardo Alenza. Fotografía Lourdes Gómez Martín

Esta obra que puede contemplarse en el Museo del Romanticismo pertenece a Leonardo Alenza y se conoce como Sátira del suicidio romántico.

Los Románticos, Leonardo Alenza. Fotografía Lourdes Gómez Martín

Esta, del mismo autor y exhibida en el mismo espacio, se conoce como Sátira del suicidio romántico por amor, y ambos óleos también reciben el nombre de ¡Los Románticos!, según inscripciones en los propios cuadros. Alenza, uno de los artistas más importantes -y a su vez desconocidos-  del Romanticismo español, refleja en ellos la cara más exagerada, melancólica y delirante de los románticos: la idea del suicidio.

El suicidio se popularizó en el Romanticismo gracias a autores como Goethe. Su obra Las Desventuras del Joven Werther fue una de las más influyentes en la literatura de este movimiento. El protagonista del libro es un joven sensible y apasionado que huye de la ciudad y encuentra su refugio en un pueblo donde, además, halla el amor. La historia gira en torno a un triángulo amoroso que, según Werther, solo puede terminar con la muerte de uno de los implicados, y el joven opta por el suicidio.

El argumento está inspirado en vivencias propias de Goethe y fue la primera novela que hizo célebre al escritor alemán. De hecho, se convirtió en todo un bestseller de la época, tanto es así que, al parecer, muchos jóvenes europeos se suicidaron siguiendo el ejemplo de Werther. Como curiosidad, cabe señalar que Napoleón Bonaparte era muy fan de la obra, porque, según cuentan, confesó haber leído esta novela epistolar varias veces, algo que compartiría con Mary Shelley, quien cita las vivencias de Werther en Frankenstein.

Si bien Werther fue el personaje que consagró a Goethe, con posterioridad el literato lamentó haber confeccionado esta novela epistolar tan reconocida. Aún así, nunca negó el impacto emocional que tenía en tantos jóvenes que, como Werther -y como él mismo en su juventud-, sufrían por amor.

Como se observa, la idea del suicidio encontró acomodo en el lado más trágico del Romanticismo. Todavía hoy los expertos se preguntan si este extremo es real o fruto de interpretaciones posteriores, pero lo cierto es que tal y como explica Carolina Miguel Arroyo, conservadora del Museo del Romanticismo, “a principios del siglo XIX encontramos en España ejemplos de obras teatrales cuya representación y lectura se prohíbe por ‘enseñarse en ella el suicidio y fanatismo'”. La estudiosa añade que la prensa de la época mostraba su preocupación por el número de suicidios y se llegaban incluso a publicar estadísticas sobre su incidencia en distintas ciudades extranjeras. El debate se agudizó, en el caso español, tras el suicidio del periodista y escritor Mariano José de Larra, desenlace sobre el que sus compañeros reflexionaron en las distintas cabeceras del momento.

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Galería de imágenes del Museo del Romanticismo: